por ALEJANDRO NESPRAL*

 

a ustedes cuatro
por recordarme lo circular del asunto

 

No es raro escuchar algún grito de dolor en nuestros pasillos.
Estamos en un hospital, hacemos cuidados paliativos.

Muchos de los que pasan por acá llevan el dolor encima, como quien tiene un compañero de ruta, alguien con quien vienen andando desde vaya uno a saber cuándo. Entonces, abrimos la puerta y al dolor lo hacemos pasar, es un invitado más en nuestras sillas, sillones, se pone a andar por los rincones. Le convidamos agua, le ofrecemos pasar al baño, le pedimos que recupere el aliento cuando llega agitado. El dolor y sus mil caras. A veces es una frente fruncida, un labio haciendo fuerza, otras, se transforma en un sutil cambio de brillo en la mirada. De a poco nos vamos haciendo conocidos con nuestros visitantes; primero hablamos del frío que todavía no se va y eso que ya es noviembre, después nos cuentan del hijo que se tuvo que ir a estudiar a otra ciudad, un día compartimos un mate. No todo es hacer recetas y dar remedios, también nos vamos dejando ver, ellos y nosotros somos, a fin de cuentas, personas en ronda alrededor del sufrimiento. Serán esas charlas, esas mañanas compartidas, que también nos van enseñando sobre tantos temas, detalles que los libros ni intentan mencionar, hasta que un día nos preguntamos por qué será que les duele tanto a ellos y a nosotros nada.

El dolor a veces es un sonido, pero en general son muchos, distintos, arcaicos, mensajes lastimosos. El dolor, un emisario de un hueso lejano y partido, de una víscera incómoda, de la piel resquebrajada.
El dolor con voz de adulto encuentra palabras y provoca fastidios, explicaciones confusas sobre algún origen probable, pedidos y más aún, clemencias para que de una vez por todas se mande a mudar, que si total quién lo llamó. El dolor puede ser esa llave que abre una charla profunda, algo que intente dar sentido a tanto padecer aunque no siempre; otras veces es el paso antes de saltar al vacío, del sueño que no sueña, la mirada fija en un punto en la pared. No podríamos hacerlo solos, también están los analgésicos que allá van, intentando hacer su cometido, hay que decirlo, incansables, como soldaditos responsables pero también finitos. Se lamentan por no siempre alcanzar a terminar su tarea como ellos quisieran. Sufren por no poder ayudar aunque su reproche es tímido, temerosos de que les echen la culpa por el fracaso. Los remedios también miran películas de súper héroes y les encantaría tener súper poderes, pero al terminar el día, se miran al espejo y ven lo que son, simples pastillitas y jarabes en pantalones cortos.

El dolor otras veces tiene la voz de un niño y ahí la cosa se pone brava: las paredes se ablandan, se arquean, quién sabe si buscando ponerse más lejos, no vaya a ser cosa que también a ellas les duela. El dolor de la infancia no es dolor, es otra cosa, es la naturaleza desordenada, como esas tardes de verano que se ponen frías y nos obligan a buscar una campera. Sabemos que pueden pasar, incluso las enfrentamos, pero no es así como deberían ser, enero no nació para esto: decimos esto y tiritamos. El dolor de un chico es muchas veces silencio, es como la niñez pero dada vuelta: un juguete tirado en un rincón, sin usar. Y ese dolor cuando llora lo hace bajito, como si sólo se lo dijera al oído a su mamá, o a su papá, a sus pieles conocidas. El dolor de un niño no acepta diminutivos, nunca jamás será un dolor cito. Como sea, acá a la gente le duele, lo sabemos, nos preparamos para eso y hacer algo con ese dolor es
nuestra tarea.

Haciendo zoom, estamos en una ciudad que creció desordenada y a la cual el talle de a poco le fue
quedando chico, y dentro de esa ciudad en un hospital que se fue estirando como pudo, como tantos
hospitales crecen, que se fue levantando por etapas, con políticas públicas y créditos privados surgidos
como espasmos, y dentro de ese hospital estamos en un sector viejo pero reciclado, con paredes pintadas
con colores, con una calidez que aspira a ser una casa, que intenta disimular que a fin de cuentas es un
hospital y ahí dentro tenemos un pasillo con habitaciones, salas, baños y la ilusión de aliviar algo, algún
sufrimiento y hacia el fondo una habitación con pocos muebles, un sillón, un pie de suero y una cama con una ventana que da al lago, aunque no siempre se lo mire. Desde esa ventana sale este dolor que recorre nuestro pasillo de lado a lado, rítmico, pulsátil. Pero éste es distinto a otros. El dolor es un sonido y a fin de cuentas uno va haciéndose el oído. Conocemos su música, vamos descubriendo sus acordes y melodías, pero hoy es distinto, distinto y la vez conocido, acaso uno de los sonidos más antiguos que vienen viajando a través del eco de los milenios.

Este dolor llega y se va, comienza y termina. Se enciende unos segundos y se apaga, como un faro que
intenta decir algo. Nada más parecido al ir y venir del sol o la primavera o a la luna. El dolor que escuchamos todos los días se queda, es permanente, es duradero. Éste dibuja paisajes, sube y baja, entra y sale. Nosotros sabemos, en algún momento la naturaleza nos lo dijo, que esta vez no hay que correr, que en todo caso tenemos que dejar que ese dolor alcance su destino. A este dolor hay que dejarlo ser. Y nuestra tentación por ir a acompañarlo tiene que quedarse mansita. En algún momento acercamos un vaso de agua, pero más que nada ofrecemos silencio, compañía, acaso la paz que cada uno tiene adentro, con forma de mariposa o de cuerda con su justa tensión, como sea, eso damos, eso ponemos en un rincón y nos sentamos a esperar que las capas de la tierra se muevan a su propia velocidad, se abran de par en par, para que vayan dejando lugar, y nunca mejor dicho la palabra dejando lugar, a lo que llega.

Y eso que siguen pensando que en cuidados paliativos nos ocupamos solamente de mantener limpia la
última vereda, el último pasillo, la última cama. Que damos palmadas de despedidas, que somos testigos
inertes de partidas, si total todos nos vamos a morir, si para qué, si total. Que eso hacemos y que cómo
puede ser que eso nos guste. Ustedes en cuidados paliativos, empiezan la oración y no saben cómo seguir, como si lo que a continuación dijeran nos pudiera lastimar u ofender. Y en general esas frases terminan con algo parecido a no sé cómo se pueden dedicar a eso, y unos pocos, más idealistas o creyentes de un supuesto equilibrio que tienen que tener los oficios para que el planeta siga girando nos dicen,

– igual alguien lo tiene que hacer.

Cama y caminata. Pasos y vuelta al colchón. Tratá de moverte. No te quedes todo el tiempo quieta. Vos
podés. Estoy cansada, creo que no voy a poder. Vos podés. Dale, dale.

Hay dos momentos en la vida donde la cara cambia radicalmente su expresión: al principio y al final, como si dejara un cartel en la puerta con forma de mueca y se fuera volando a otro lugar. Pero esos dos momentos tienen una gran diferencia, en el nacimiento la que cambia es la cara de la parturienta, como si ella lo hiciera en nombre de quien está viniendo, como una preparación gestual para la vida que llega. Al morir la cosa es bien distinta, la mueca es del que se va, siempre del que se va, y el resto apenas un papel de reparto. Alguna vez alguien dijo y sino seguro alguien lo dirá: nacer y morir es parecido, la gran diferencia es que no siempre nos morimos acompañados. Silencio, sonido, silencio. Silencios, gritos, silencio. El dolor entre paréntesis. El vaso de agua sigue ahí, sin tomar. El pasillo y su calma. Nosotros quietos, como fantasmas, testigos de un fenómeno, agradecidos de poder estar tan cerca, a pesar de estar tan lejos. El dolor recorre el pasillo, hoy somos, al menos por un rato, sede del universo y su misterio.

Estas paredes fueron pintadas hace cuatro años sin saber que sus colores serían testigos del Otro momento, el nacimiento.

 

foto MELISSA CID

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Médico Pediatra Paliativista, Fundación IPA