por ALEJANDRO NESPRAL*


A Martín,
por enseñarme a hacer preguntas
y a encontrar algunas respuestas

 

Mi primer encuentro con los cuidados paliativos fue hace uno diez años. Fue algo así como un flechazo. Como en las películas, cuando él la ve pasar a ella caminando por la calle y queda encandilado, entonces se frena y la mira, como quien cree haber visto un milagro.

Para esa época yo era residente de pediatría, pasaba más horas dentro del hospital que afuera, corría atrás de los libros, incorporaba indistintamente nombre de bacterias, dosis de remedios y explicaciones fisiológicas como si fuera un niño aprendiendo a hablar un idioma nuevo, intentando retener cuanto dato se me cruzaba. Hacía todo lo posible, digamos,  para formarme como médico.

La residencia son esos 3 o 4 años donde los médicos nos transformamos en médicos algo: cirujanos, clínicos, ginecólogos, pediatras, en algo de todo eso. En ese momento me tocó ir a rotar a uno de los hospitales de niños de la ciudad de Buenos Aires. Rotar, en la residencia, es pasar un par de semanas o meses en otro hospital, profundizando un área específica de conocimiento. Llegué a ese hospital con más susto que otra cosa: me esperaban pacientes complejos, pasillos con mucha historia y un nivel científico muy alto, al menos eso es lo que no paraban de advertirme mis compañeros. Estaba a punto de comenzar una aventura y yo la imaginaba intensa, exigente pero por sobre todo científica. Qué equivocado estaba en mi pronóstico.

Mi rotación rápidamente puso sus reglas: había que llegar antes de las 7.30 de la mañana y nos íbamos recién cuando todo el trabajo del día quedaba terminado, que solía ser un horario parecido al de la entrada, pero a la tarde. Era invierno, entrábamos y salíamos de noche. De las muchas salas del hospital me habían asignado una de las más desafiantes: la sala de infectología.

Un pasillo recorría de punta a punta la sala y a los costados, como un canchón de un regimiento militar, las habitaciones. ¿Las habitaciones son individuales?, fue una de mis primeras preguntas. Claro, ¿cómo van a compartir habitación con lo enfermo que están?, me contestó uno de mis compañeros, con esa cara de quien responde un pregunta pava, inexperta.

Todo nuevo. Nombres de enfermedades, de especialistas, de bacterias. Estar en uno de estos emblemáticos hospitales es, entre otras cosas, ponerle cara a los autores de los libros de los cuales estudiamos. Mirá, ahí va Rodríguez, el del libro de cirugía.

La sala de internación era un desfiladero de especialistas: neurólogos, enfermeras, oncólogos, nutricionistas, trabajadores sociales, psicólogos. Los niños internados tenían enfermedades bravas y necesitaban de muchos profesionales que se ocuparan de ellos. Nuestra tarea como residentes era estar al tanto de todo o al menos de lo máximo posible. Sabíamos exactamente a cuánto había subido la fiebre, si habían podido ir al baño o si los análisis de sangre habían empeorado. Llegaba alguno de los especialistas y ahí estábamos nosotros, listos para contarles las novedades, firmes como soldados de la biología de aquellos pequeños pacientes.

Una mañana tocaron la puerta de nuestra oficina y un médico se asomó: ¿quién está con el niño de la cama 4? Yo, dije, y me levanté de un envión. ¿Cómo está hoy?, me preguntó.

Bien, contesté, y como si fuera actor orgulloso de haber estudiado la letra de la escena le detallé cada novedad del paciente, le hablé de qué comió, de cuántos sueros recibió y de los dos antibióticos nuevos que comenzó a recibir desde la noche anterior. Y, como si mi respuesta no tuviera la menor relación con la pregunta que me había hecho me siguió mirando y me  nuevamente me dijo, ¿y cómo está hoy el niño?

Me quedé en silencio, imagino con alguna mueca de desconcierto, y me dispuse a responder de nuevo pero esta vez deteniéndome en los detalles, no sólo le relaté los hechos sino que intenté analizarlos, se notaba que este médico era más exigente que otros, que me estaba poniendo a prueba como residente. Entonces le expliqué por qué comía lo que comía, haciéndole un análisis de la cantidad de calorías que estaba recibiendo, que el suero era un suero especial muy rico en potasio y que los antibióticos habían sido elegidos muy puntillosamente, por razones infectológicas muy precisas, razones que difícilmente hoy podría recordar.

Sonrió, como a quien su paciencia le permite ver una escena desde adentro y desde afuera al mismo tiempo. Me volvió a preguntar pero esta vez con un tono especialmente cálido: pero vos, además de todo lo que me contás, “¿cómo lo ves, está más contento?”

Me paralicé.

Me estaba preguntando algo muy raro. En ese lugar, tan especializado, tan científico, nunca había escuchado hasta ese momento una pregunta tan sencilla sobre ningún paciente, ninguna pregunta tan –y voy a admitir lo que pensé en ese momento- tan banal.

No sé si fue su tono, su cara pero le contesté. Le dije que lo veía más alegre, especialmente porque ayer lo había visitado su papá que hacía varios días que no venía y que le había traído una remera de fútbol de su equipo favorito. Y como detecté que este médico me miraba tan atento me entusiasmé y me atreví a decirle que al niño le daríamos una linda sorpresa si le conseguíamos revistas de fútbol. Seguí, no pude frenar, y le conté que el niño de lo única que hablaba era de fútbol y que su tristeza aparecía cuando recordaba lo enferma que estaba su pierna y que quizás, si no se curaba, su pierna… si no se curaba su pierna no iba a volver a jugar al fútbol y él lo sabía y se ponía triste cuando se acordaba. Este médico me miraba y me escuchaba como si yo estuviera haciendo una exposición doctoral sobre el último descubrimiento de la genética. Yo, un residente que entre el hospital y el estudio le dedicaba 14 hs por día a la medicina, estaba ahí, hablando de alegrías, fútboles y preocupaciones de un niño, en una sala de un hospital con un médico que nunca antes había visto.

Gracias, me dijo y se fue. Quedé apoyado en la puerta, mientras el ritmo en la sala de trabajo seguía igual: frenético, mis compañeros llevaban y traían papeles, estudios e historias clínicas.

¿Quién es ese médico?, pregunté. Ah, ¿no lo conocés?, es el de cuidados paliativos, me contestó una de mis compañeras. ¿El de cuidados qué?, pensé, pero no me animé a quedar tan expuesto en mi ignorancia.

Para ese entonces yo hacía exactamente, contando el tiempo de universidad y de residencia, 9 años que había comenzado a formarme como médico y nunca había escuchado nada parecido a cuidados paliativos. Ni en la facultad, y eso que tuve la suerte de asistir a una del estado, ni en mi hospital, ni en ninguna pared, curso, taller o apunte.

Mi encuentro con los cuidados paliativos fue un flechazo, pero a diferencia de las flechas de amor que se clavan en el corazón, fue un flechazo directo a mi cabeza. Hasta ese entonces la medicina me gustaba, me desafiaba, me ponía en un lugar nuevo –el doctor, el dotor, ah ¿sos médico, pediatra?, ah, qué lindo los chicos-. Pero no me deslumbraba y lejos estaba de apasionarme. La medicina hasta ese momento no me sabía contestar por qué la había elegido 9 años atrás.

Esa pregunta sencilla, profunda, deslumbrante para mí resultó una epifanía, una ventana nueva desde donde mirar mi quehacer diario como médico: me permitió descubrir un lugar dentro de la medicina donde se pueden hacer preguntas así, sencillas y profundas, donde mi mirada, mi corazón y mi intuición, puede estar cuanto menos, a la par de la ciencia.

Y luego siguieron pasando los años. Me fui acercando cada vez más a los cuidados paliativos hasta el punto de elegirla como especialidad y también fui descubriendo que las preguntas profundas y sencillas no dependen de un área específica que uno pueda elegir, sino de qué tipo de médico uno quiere ser. Pero el flechazo ya estaba y bien profundo clavado en mi cabeza y en mi corazón. Y al fin fui entendiendo por qué elegí estudiar medicina.

 

fotos MELISSA CID

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Médico Pediatra Paliativista, Fundación IPA