Amar te sana, la lana se trama

Por Melisa Wortman

 

Alba deja de tejer. Pierde las ganas, la fuerza, o simplemente decide morirse. Había empezado antes de que muriera su hijo, como para aferrarse a algo en forma de lazo, implacable y repetido, mantra de frente y revés, para mostrarse testaruda y tigresa al hacerle un abrigo a ese cuerpo de hombre joven, recién crecido de sus brazos, que la enfermedad deshilachaba. Alba teje, quizás, mientras su cría se desvanece punto por punto, como si lo único que le quedara para ayudarla a mantenerlo en este mundo fuera ese contragualicho silencioso.

Por alguna razón, Alba deja de tejer. Y cuando suelta ese hilo-barrilete, también se deja morir.

Su hija Marina, la más chiquita, despide a su hermano y a su madre, duda un tiempo si bajarle la guardia a la tristeza, se desarma, se rehace, se emparcha, se cose como puede, sin saber, se enamora, se muda a las sierras, tiene hijxs. En todos esos movimientos entre viejas fotos, alguna carta, un amuleto–, viaja con ella una bolsa con un tejido a medias.

Marina me regala esa bolsa, años después de volvernos comadres y, deliberadamente, también vecinas. La lana es sintética pero hermosa, suave, gris topo. Es triste y apagado el color de la ceniza, de una energía que se consumió, pero a la vez juega con la luz a un degradé de pelaje, de cerdas que se acomodan con el viento entre los ángulos del sol. Viene aún en los ovillos hechos a máquina, de esos alargados. Los ovillo a mano para que sean redondos como en los cuentos. Hay varios, y un cuadrado de trama gris, tejido en un punto que desconozco y que se me escapa de las deducciones. Lo miro y lo miro y no puedo adivinarle el artificio. Marina me dice que lo tejió su mamá, Alba, pero que lo desteja tranquila, que aproveche la lana.

 

En los años siguientes, tejo y tejo. Tejo mal. No puedo creer que haya gente que hace unicornios. Todo me sale chico y deforme. Se me angosta la bufanda como una vía en una clase de perspectiva. Con costuras poco gentiles intento cubrir los muchos nudos que no puedo evitar, porque cada dos por tres los ovillos ocultan la traición de dos hebritas anudadas. Nunca tengo los elementos correctos, improviso, arreglo. Soy prolija, perfeccionista, virginiana, buena para la motricidad fina. Pero, contra todo pronóstico, me resulta imposible mantener las mismas condiciones de presión y temperatura para un centímetro cuadrado y el siguiente.

Y sin embargo, tejo. Por curiosidad, como quien aprende torpemente un idioma. Es una gran invitación la paradoja de la inmovilidad de las manos al tejer, que sólo tienen permitido un movimiento repetido, un rezar calmo pero vivo. Por un rato dejo mis tareas de editora y voy del texto a la textura, a la trama, tan hermanas. Sigo construyendo en la linealidad de un todo que no tiene sentido sin cada caracter, cada punto insensato e imposible en soledad, pero nodo indispensable al fin.

La bolsa con el tejido a medias viaja conmigo mientras hago otras cosas. Armo familias imposibles. Madrino. Aprendo lo que es un palíndromo: esas palabras o frases que se leen de atrás para adelante y viceversa, como un tejido en punto arroz. Escribo un libro para niñxs sobre morirse a cuya protagonista le dicen “enlazadora de mundos”. Trabajo en salud. Me canso de ser payasa de hospital. Me asocio con Pabla, una investigadora y partera chilena. Hacemos libros, nos hermanamos. Me hago amante de las mandarinas. Veo morir a dos gatas. Veo nacer a un bebé. Les enseño a tejer a otras personas. Me tiento con aprender a hilar. Desisto. Conozco a Alejandro y Guadalupe. Trabajamos juntas en cuidados paliativos. Acompañamos relatos, tramas de vida y muerte antes de que se nos escabullan como peces entre las manos.

Insisto en tejer. Pero nunca toco la bolsa de la lana gris topo.

Pasan años, y las aguas de Marina se vuelven tempestad. La vida es una montaña rusa mientras lxs niñxs crecen y lxs adultxs mutamos. Una psicóloga da en la tecla: Marina tiene que volver al duelo de su madre, Alba, contarle de lxs nietxs que no conoció. Tiene que darle lugar, sentarse con ella, contarle quién es hoy, hilvanarle el relato del tiempo que estuvo después.

La abuela de Alba se llamaba Clara. Su nieta se llama Anaclara. Pienso en La casa de los espíritus, aquel libro que Isabel Allende comenzó como una carta a su abuelo agonizante y que guarda un linaje Nívea-Blanca-Clara-Alba entre sus personajes mujeres. Pienso en la ceniza, en la parte clara del degradé. Y el domingo me encuentra, con todas mis herramientas desplegadas, frente al cuadrado gris a medio tejer.

 

Pido permiso. Navego entre figuras y fondos para imaginar la prenda que no veo. Pido claridad. Dudo si me corresponde la pequeña profanación. Entonces, recuerdo a un palindromista que me dijo hace poco que la enlazadora de mundos de mi libro soy yo. Que qué otra cosa es alguien que trabaja con parteras y paliativistas, que qué otra cosa es una tejedora que escribe un cuento sobre la muerte para gente que hace poco anda por la vida.

Quizás fui guardiana de este tejido, que ahora es un chaleco. Y no lo desarmé porque sin saberlo supe que Alba, alguna vez, querría ir hasta Marina con un abrazo-abrigo a sentarse a escuchar ese relato de una vida que también es suya. Y supo cómo hacer para dejar un mensaje sin palabras, un pedido a través del tiempo, en el código morse de su punto indescifrable.

 

Cada día hablo con Pabla. Quisiera que todas las personas que quiero la hubieran tenido como partera, que hubiera sido la primera persona que vieron. Unas manos de tierra y ternura que les dieran la bienvenida. Cada día hablo con Alejandro y Guadalupe. Quisiera que todas las personas que quiero los tengan cerca cuando se mueran. Unas manos firmes que les den confianza para dar un paso más. Yo habito en el centro del palíndromo. Hago la única cosa que sé hacer: ayudarles a enhebrar las palabras, a ver las tramas profundas que comunican sus tareas, la mismidad casi exótica inusual en nuestros contextos modernos de acompañar vida y muerte con ternura y poesía. Enlazo para que se haga visible esa urdimbre misteriosa, sin frente ni revés ni principio ni final ni arriba ni abajo en la que se tramó este texto, que intenta decir ese entramado con palabras de este mundo.

Entre tanto, está Marina, doblando y guardando en su estante un abrazo atemporal de su mamá. Y porque la única justicia es poética también están, quizás, al final de este palíndromo, Alejandro y Guadalupe en la cama, recibiendo, saltarina, a su hija Alba.

Traslasierra, Córdoba, junio 2020.

Alba, he tejido letras aplanadas o desanudadas.
Nació al amar tu trama (la oí cansada).
Duna sedosa dan al pasar.
Te lo dije: te habla.

Los palíndromos de título, subtítulo y epígrafe fueron inventados para la ocasión por
Juan Pablo Sáez Gil desde Tucumán.
Pueden ver su charla TED aquí. ¡Gracias, Juan!

Meli

Meli

Autora

Fantaseó con ser médica pero decidió que se dedicaría a la salud por otros medios: la palabra y la sonrisa, así que se hizo payasa de hospital y editora de libros que abordan la salud como bienestar bio-psico-social. Estar-bien en el mundo.
Bien vivir y bien morir.

Es feliz de ser parte agitadora y creadora de los equipos de Ginecosofía, Muchas Nueces, ABRE Cultura y Fundación IPA.

Además, es la creadora y la voz detrás de Helada Madrina Cuentos, una selección de audiocuentos para niñxs en cuarentena.