Un deseo. Un corazón que comienza a latir. Una panza que se expande. Una identidad que asoma. Rutinas de sueño y vigilia en el reverso de la piel hasta que un día, llega el día. Un parto. Un llanto tímido que de a poco cobra coraje. Ninguna complicación. Un bebé que se funde por primera vez en el abrazo de su familia y que en sus ojos refleja caras de asombro y fascinación. Es un momento fuera de todo tiempo, donde sólo hay espacio para celebrar la existencia. De a poco llegan, sigilosos, otros brazos que acunan y buscan parecidos, sin alterar el sueño del recién nacido. Hay clima de fiesta. Recién se inicia la aventura. Pero súbita e inesperadamente, todo cambia. 

El aire se pone denso y la madre siente el aliento de la hecatombe. El bebé va a Neonatología. Dicen que es algo que no debe inquietar, pero a la madre le inquieta. Se queda en la habitación, aguardando que la llamen para volver a ver a su niño. Siente que algo anda mal. Entre sus manos tiene una foto del bebé y piensa que en lugar de eso debería estar enhebrando sus dedos en los de su hijo. No sabe bien si sentir la imagen como un sustituto es miedo o premonición. Le dicen que no se angustie, que el bebé está bien. Pero ella no lo ve bien. La estremece verlo tan exageradamente tranquilo, tan distinto a cuando lo conoció. El tiempo cambia su velocidad con el peso de la preocupación. Ha pasado un día y le informan que el bebé está grave, que su salud se deteriora. Pero a ella no le importan los detalles. No hace falta que le digan que su hijo se está muriendo. Se pregunta cómo puede ser que su bebé y la vida resulten así de incompatibles. Pero sabe que no es momento para responder este interrogante. 

Es imperioso ser madre de ese hijo que se escurre. Nunca imaginó una situación así, pero sabe qué hacer. Lo besa. Lo acaricia. Le agradece haber venido. Le dice que no tenga miedo. Trata de imaginar un “más allá” y lo consuela (y se consuela) diciendo que hay otrxs que ya han partido y no estará solo. El padre, a su lado, la sujeta firme. En el fondo, él tiene esperanza. Se aferra a la idea de que la muerte puede arrepentirse de haberse acercado tanto. 

El bebé muere. Y mientras su cuerpo se enfría, el de su madre arde entre la desesperación y la impotencia. Parece un mal sueño y es necesario un esfuerzo para situarse en esa realidad. Está pasando: el bebé que acaba de nacer, acaba de morir. Todo parece irreal. No sólo es algo inesperado. Es una muerte tan intempestiva como impensable. Forma parte de esas cosas excluidas de lo posible. Pero ocurre. La madre sólo puede llorar. Ha dejado de entender. No sabe qué hacer y, en algún punto, se desconoce. Es puro estupor. No se anima a pensar y se abruma al sentir. Trata de aceptar, pero encuentra resistencias en su propio cuerpo, que continúa comprometido con esa vida que ya no es. Mientras llora, brotan gotas de leche que ya no tienen destino. Se sienten demasiado crueles, casi violentas. Recuerdan lo que pudo haber sido y no es. La madre implora que hagan algo para detenerlas. Y como si fuera una opción voluntaria, recibe indicaciones para acallar al cuerpo.

El tiempo se detiene un poco antes que las mamas.

IO  Ailin Reising

Además de licenciada en Sociología, doctora en Filosofía y docente universitaria, Ailin Reising es una mamá a la que las vueltas de la vida acercaron a la reflexión sobre la muerte y las emociones. 

A cuatro años de la llegada y la pronta partida de uno de sus hijos, toma coraje y pone en palabras su dolor y sus procesos. Porque la palabra es el mínimo código común en que podemos compartir situaciones siempre tan únicas, pero también tan eco de dolores de otrxs. Al leer su duelo como una oportunidad de dialogar con esos otros dolores, deja de ser “su propio duelo” y toma una dimensión compartida que lo saca de ese lugar al que culturalmente este tipo de pérdidas está condenado: la esfera de lo íntimo, lo personal (a lo sumo, familiar), pero en silencio respecto del resto del mundo. 

Contundente y tierna, como es ella, nos regala cada dos semanas sus “Escenas de duelo perinatal”.